Hace diez años me realizaron una histerectomía y atravesé un bache emocional muy profundo. Mis valores y mis emociones se tambalearon, y entré en un estado de ansiedad y estrés intensos. No dormía bien, tenía palpitaciones, sensación de ahogo y la tensión muy alta. Mi cuerpo y mis pensamientos cambiaron y no supe ver todo lo que se avecinaba.
Esa curiosidad e inquietud que siempre me han acompañado me llevaron a buscar recursos para salir de ese momento. Después de realizar terapia, llegó a mi vida una coach que, en pocas sesiones, me ayudó a reconectar conmigo de una forma amorosa y eficaz. Descubrí una manera de acompañar tan bonita e impactante que decidí empezar mi formación en desarrollo personal.
En 2020, con la pandemia, viví otro periodo de ansiedad y estrés tanto en el trabajo como en casa. Como muchas personas, lo pasé mal. En ese momento comenzaron a surgir dos ideas en mí: la primera, irme a vivir a un pueblo; la segunda, darme cuenta de lo mal que, en general, gestionamos nuestras emociones y preguntarme cómo podía aportar mi granito de arena.
Así empecé a formarme de manera más profunda: realicé el Máster Profesional en Coaching con Programación Neurolingüística, Inteligencia Emocional y Mindfulness, el programa MBSR (Mindfulness Basado en la Reducción del Estrés) y continué especializándome en PNL como máster, trainer y practitioner, además de comenzar con mis primeras sesiones de coaching. Ahora estoy haciendo otro máster para poder hacer programas más específicos en intervenciones de mindfulness
Todo este camino me ha permitido aprender a gestionar la ansiedad y el estrés para vivir desde la calma, con mayor coherencia entre lo que siento y lo que hago. Y descubrir la respiración como una gran aliada, tan poderosa y a la vez tan olvidada.
Desde hace varios años acompaño a personas que desean transformar sus vidas. A veces se trata de tomar una decisión importante, como un cambio de trabajo o de ciudad; otras, de aprender a gestionar la ansiedad, mejorar la comunicación con un compañero, plantear un cambio a un jefe o sostener una emoción incómoda, como el miedo ante una operación de un hijo. Situaciones que desde fuera pueden parecer pequeñas, pero que para quien las vive son auténticas montañas.
Decisiones, gestión emocional, cambios motivacionales, nuevas aspiraciones profesionales y personales… procesos que, cuando se acompañan, se vuelven más claros, más amables y más posibles.

Eso me ha llevado a cambiar en varias ocasiones de trabajo, de casa e incluso de pareja. Tal vez soy una idealista, pero busco vivir de forma coherente con lo que pienso y con lo que me dicta el corazón. Todo ello me ha ayudado a no tener miedo a los cambios. Es cierto que siempre atravieso una pequeña crisis cuando suceden, pero la supero.
Cuando decido que quiero cambiar, me pregunto qué me ha aportado esa etapa, qué he aportado yo, cuál ha sido mi aprendizaje y si todavía puedo ofrecer algo más. Y entonces comienza el proceso de transformación.
Por eso, cuando el coaching llegó a mi vida, sentí que era la mejor manera de poner mi experiencia al servicio de otras personas. Entendí que ese era el camino y que podía convertirse en mi siguiente objetivo profesional.
¿Y por qué el coaching? Porque, según la definición de mi escuela, el coaching es el arte de identificar y gestionar los cambios que podemos realizar para alcanzar las metas que deseamos.
El coach actúa como guía, pero es la persona quien decide hacia dónde quiere ir. Acompaña e impulsa el proceso a través de conversaciones activas, preguntas y dinámicas que ayudan a que cada cliente encuentre sus propias respuestas y avance por sí mismo.
Acompañar a otras personas a conseguir sus objetivos me parece una misión de vida preciosa, inmensamente valiosa y profundamente gratificante. Creo firmemente que mi experiencia vital y mi formación pueden ser de gran ayuda para quienes desean generar un cambio consciente en sus vidas.
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